Alesa


Recuerdo haber pasado entre aquellas fábricas cuando, sin permiso, escapábamos en bicicleta a explorar los barrios más lejanos. El tren discurría pegado a sus muros en Lamiako. Desde sus ventanillas pasaban veloces miles de ladrillos en una hilera sin fin. Poníamos clavos en las vías junto a aquellos oscuros pabellones.

Guardo en mi mente muchas preguntas acerca de qué escondían aquellos muros, qué habría tras aquellas pequeñas ventanillas, qué ardía en su interior del que continuamente se veía salir humo por las chimeneas. Era ésta, la de Lamiako, una zona de gran actividad industrial, era un lugar donde viajar en el tiempo. Volaba mi mente en clase de Historia: la  industrialización. Uno miraba hacia allí y se lo imaginaba todo tras aquellos muros.

El tiempo, que todo lo puede y todo lo cambia, ha derribado aquellos muros, han caído los pabellones. Las chimeneas han dejado de humear, ya no hay nada que nos llene de intriga, simplemente ya no queda nada de aquello que marcó la gris silueta del barrio.

Afortunadamente, antes de que todo desapareciera tuve la oportunidad de entrar, de documentar el trabajo de los artesanos de las aleaciones, mezcladores de minerales, alfareros del metal.

 

Comenzó siendo una de esas tareas que uno asume con timidez, casi sin ganas. Debía documentar aquella actividad antes de que la mudanza nos dejara sin certificados del recuerdo. Cuando crucé aquellas puertas, el humo y el calor de los hornos fueron llenando el tanque casi vacío de mi entusiasmo. Ruido de máquinas, calor, polvo, oscuridad, fuego y la escasa luz que se filtraba por los ventanucos.

Quienes –como yo– pasaron frente a sus puertas, jugaron contra sus muros y vivieron diariamente bajo la sombra de estas fábricas, todos cuantos se preguntaron alguna vez por el otro lado, tendrán en estas imágenes una pequeña respuesta.

Fotografías © asier bastida


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