Labraza. Retratos


Durante el tiempo en que estuve trabajando en el proyecto del libro ‘Labraza, La Muralla Habitada’,  pasé mucho tiempo dando vueltas por las calles de esta pequeña villa medieval. Labraza era candidata al premio de mejor ciudad amurallada del mundo…

Y lo ganó. Lo más especial de este lugar era precisamente que estaba habitada, eran las personas que vivían en su interior –cuyas casas forman parte de la propia estructura amurallada– las que proporcionaban la verdadera riqueza de aquel conjunto arquitectónico.

Al contrario de lo que se pueda pensar, éste era un lugar plagado de niños y jóvenes. Eran éstos quienes habían recogido el testigo de sus mayores, ellos no se marcharon a vivir a las grandes ciudades, se quedaron a cuidar de sus pertenencias más queridas: su muralla y quienes les inculcaron el amor por ella, sus mayores. Durante meses pude fotografiarles en su día a día. Hospitalidad de lujo. Yo al menos me sentí muy arropado. Pude sentir ese cariño con el que cuidan y protegen lo suyo. Creo que nunca les estaré suficientemente agradecido.

Cuando ya acabó mi trabajo –una tarde en que uno no sabe muy bien porque tiene mono de  ese cariño– decidí cargar todos los trastos y montar mi estudio en el bar del pueblo. Intenté convencer a todos pero no pude. Estos fueron algunos de los voluntarios que me prestaron un ratito de sus reposadas vidas para retratarles. Algo sencillo, con cariño, un fondo blanco una caja de luz y lo que ellos quisieran darme.

Durante mucho tiempo las he tenido guardadas. Tan sólo las vieron ellos, cada uno guarda la suya.  Ahora, porqué no, las cuelgo aquí para darles las gracias por haber sido tan buena gente y también para pedirles perdón por no haberles visitado en mucho tiempo. Mil gracias.


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